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El líder socialista, que supo profesar un humanismo militante y cultivar un discurso encendido, fue uno de los más grandes intelectuales de su época. Concejal, Diputado y Senador por el partido que fundara Juan B. Justo, fue el primer socialista en ocupar una banca en un parlamento americano. Creador a principios de siglo de las innumerables leyes sociales modernas que, cuatro décadas más tarde, supo usufructuar Perón para construir un formidable movimiento social en la Argentina, Palacios fue también un ferviente opositor al peronismo.
Alfredo Lorenzo Palacios nació en Buenos Aires el 10 de Agosto de 1880, aunque hay versiones que indican que fue 1878, y murió en su misma ciudad el 20 de abril de 1965. El féretro con sus restos fue llevado en andas por miles de jóvenes hasta el Cementerio de la Recoleta, donde fue sepultado en la bóveda de una familia amiga.
Hijo natural del abogado Aurelio Palacios y la maestra Ana Ramón, ingresó a los 16 años a la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, doctorándose en jurisprudencia en 1900. Más tarde fue docente de diversas materias relacionadas con el derecho laboral y decano de la misma y desde muy joven adhirió al Partido Socialista que había creado Juan B. Justo a fines del siglo XIX.
En 1902 fue electo concejal de la Ciudad de Buenos Aires. El 13 de marzo de 1904 se impuso en las elecciones para Diputado Nacional por la Capital en representación de la circunscripción de la Boca y se convirtió en el primer Diputado Socialista dela Argentina y de América.
En 1935 fue electo Senador y ocupó su banca hasta 1943. En 1940 participó en la formación de Acción Argentina y durante la Segunda Guerra Mundial apoyó a los aliados. Fue un vehemente opositor de Perón en los primeros años de su gobierno y dedicó más de diez años de su existencia a combatirlo por lo que padeció el exilio.
En 1955 fue designado por la Revolución Libertadora embajador en el Uruguay. En 1957 actuó como miembro del congreso convocado para tratar la reforma de la constitución de 1853, no obstante haberse retirado de la vida política activa, continuó ejerciendo su gran influencia en el Partido Socialista.
En 1960 nuevamente fue elegido Senador Nacional y en 1963 retonó a la Cámra baja como Diputado Nacional. Alfredo Palacios fue El Legislador, único caso reconocido por todo el pueblo Argentino. Su bibliografía es sumamente vasta y manifiesta sus ideas sobre el socialismo y las inquietudes que emergen de sus diversas actividades como jurisconsulto, profesor en leyes, legislador y conductor de un partido político. En 1954 publicó La justicia social, obra que sintetiza sus cincuenta años de lucha en pro de la justicia social, a través de la legislación.
Orador encendido, Palacios se destacó por sus discursos combativos y por la vehemencia con las que expresaba sus convicciones. Fue, según algunos de sus biógrafos, el "más nacionalista de los socialistas", e impulsó, desde su cargo de legislador, distintas leyes acerca del derecho laboral, el cuidado de la niñez y los derechos de la mujer. Además, intentó siempre que la actividad política estuviera regida por la honestidad y la ética.
En ámbito académico, además de profesor y Decano de la Facultad de Derecho, fue titular cátedra de legislación laboral en la Facultad de Ciencias Económicas. Se desempeñó igualmente como profesor y decano de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de La Plata y ocupó la presidencia de esta última hasta su renuncia a todas sus asignaciones académicas, como protesta contra el peronismo en 1944.
Desde esos cargos se preocupó por establecer vínculos con otras facultades, de Latinoamérica en especial, para impulsar una reforma de los planes de estudio y de los métodos pedagógicos.
En este sentido, no sólo había apoyado con pasión la Reforma Universitaria de 1918, sino que también había tratado de extenderla a toda Sud América. Solía decir a sus alumnos que: "La abogacía no es aprendizaje de trampas; a los jóvenes debe hacérseles amar a la justicia, sostén de los débiles, estímulo de los fuertes, base de la moral y fundamento de la patria".
Esta trayectoria académica y política le valió el más generalizado reconocimiento de la comunidad universitaria sudamericana: fue profesor honorario de la Universidad de San Marcos de Lima, doctor honoris causa de la universidades de Río de Janeiro, Lima, Arequipa, Cuzco, La Paz, México y Buenos Aires, e invitado de honor en otras tantas universidades de la región.
El último mosquetero
Bajo el título "El último Mosquetero", así evocada su figura la Revista Gente en 1965, poco después de su muerte: "Con mucho, fue el hombre más notable de la política argentina del siglo. No significa esto que haya sido el más importante. Simplemente, fue el más espectacular. Pocos hombres como él pudieron guardar tanta fidelidad a su propio estilo, a su propia figura. En tal aspecto, fue atemporal". "Transcurrió en el escenario político argentino como el eterno disconforme, como el reformista romántico que nunca alcanzaba el éxito completo, como el caballero galante que nunca se casó. Su espíritu esencialmente antiburgués fue el que solidificó el pedestal de su mito. Su orgullosa honestidad, su apasionado amor por los sufrientes ... esas condiciones y -¿por qué no?- su estampa anticuada, pero no carente de cierta fascinación, fueron los elementos con que se edificó la estatua en vida". "Fue un ególatra -sin duda el más grande y fino desde Domingo Faustino Sarmiento-, pero nunca un bravucón. Fue un mosquetero, jamás un compadrito".
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